martes, 10 de noviembre de 2015

Maps to the stars: Hollywood-Babilonia

Estamos en el Hollywood actual, plagado de estrellas glamourosas y atormentadas. Stafford Weiss es una especie de psicólogo, o terapeuta, como se dice ahora, que escribe libros de autoayuda de gran éxito, va a programas de tv y tiene como pacientes a los más famosos y ricos del lugar. Una de sus clientes es Havana Segrand, una célebre y cotizada actriz que se resiste a entrar en la madurez y está obsesionada por interpretar el papel que hizo su madre en una película de mucho éxito en los años 60, de la cual se va a hacer un remake. El problema es que su madre, Clarice Taggart, una actriz muy admirada y fallecida hace años en un incendio, era mucho más joven cuando hizo el papel que Havana en la actualidad. Esta no parece tener muchas posibilidades para conseguir su sueño, y eso la tiene muy desquiciada, unido al trauma provocado por los abusos sexuales de su madre (sí, de su madre) hacia ella en su infancia (empezamos bien). La familia de Stafford, el terapeuta, tampoco es un modelo de estabilidad, lo cual viene a confirmar el refrán de "en casa del herrero, cuchillo de palo". Su hijo, Benjie, antigua estrella infantil de tv, tiene 13 años y acaba de salir de rehabilitación por su adicción a las drogas, a las que se enganchó a los 10 u 11 años. Su hija mayor, Agatha, también acaba de salir, pero del psiquiátrico, donde ha estado varios años ingresada tras haber prendido fuego a la casa familiar una noche en que se suponía que tenía que cuidar de su hermano. Sus padres han roto todo contacto con ella y no quieren saber nada de su hija. La mujer de Stafford, Christina, se muestra muy preocupada y sobreprotectora con su hijo. La situación se complicará aún más cuando Agatha, la hija pirómana, vuelve a Hollywood con la intención de retomar el contacto con su familia, y empieza a trabajar como asistenta en casa de Havana Segrand.

Maps to the stars es la última paranoia nacida de la retorcida mente de David Cronenberg, director canadiense, que también ha trabajado en Hollywood, aunque ha conseguido que la mayoría de sus películas no caigan en el standard comercial. Su estilo es muy peculiar, como todos sabemos, con esas atmósferas malsanas y esos personajes atormentados por sus propios demonios, a veces en forma de monstruos repulsivos, otras veces son enfermedades virulentas, o enfermedades mentales, o amenazas del exterior, o fantasmas psicológicos. Todo le vale a él para mostrar su idea de una sociedad enferma e infectada y la degradación física y psicológica de sus individuos. Esto último, lo de la degradación, le encanta, y también la idea de la fusión entre lo mecánico y lo orgánico, hasta el punto de inventar el concepto "nueva carne" para sus películas, algo muy bizarro que, en manos de algún director más enloquecido, podría dar lugar a películas gore de estas que yo no aguanto, como las sagas que todos conocemos. Afortunadamante, David Cronenberg todavía conserva un equilibrio entre lo repulsivo-morboso y lo que la mayoría del público, como yo, puede encontrar interesante. Eso le permitió realizar obras fascinantes como La mosca, que para mí es una obra maestra, Inseparables, M. Butterfly o La zona muerta (a mí lo que me fascina en esa peli es Christopher Walken, la verdad). Pero también películas como Crash, eXistenZ o Spider, que para mí son bodrios aburridos y desagradables, y para todos los cinéfilos se convirtieron en obras de culto instantáneamente.

A esta última categoría pertenece Maps to the stars, a la de obra maestra de culto, según los entendidos. Desde hace unos años, Cronenberg sigue haciendo sus retratos de sociedades corruptas y enfermizas, pero desde una óptica más psicológica y, desde luego, más social. Sus films ya no son de ciencia ficción o terror explícito o psicológico, sino dramas sociales cuyos protagonistas caen igualmente en el horror y la locura, pero en un entorno, digamos, más "realista". Atrás quedaron las babosas asesinas y sexuales de Vinieron de dentro de... y la pandemia de furia asesina y muy gore en Rabia, dos de sus películas más famosas en los transgresores 70. En Cosmopolis o Una historia de violencia, dos de sus cintas más actuales, la decadencia es más sutil, más creíble, e igual de aterradora. Estoy hablando sin haber visto ninguna de estas últimas 4 pelis, así que puede que no esté acertando en nada. Si alguien me lee y le apetece, me puede corregir en lo que quiera. Bueno, y ahora voy a hablar un poco de la película, que ya va siendo ahora. Maps to the stars es, en principio, un retrato del mundo actual de las estrellas de cine y tv en Los Angeles, y del entorno que les rodea. Cronenberg nos da su particular visión de este universo en apariencia fascinante y glamouroso, pero la visión de Cronenberg ya sabemos cómo es, y bajo la capa de lujo, belleza y glamour, encontramos a unos seres desdichados, insatisfechos, adictos a todo tipo de sustancias, arrastrando traumas de los que no consiguen liberarse, y muy, muy desquiciados. La verdad es que los personajes son todos unas joyitas. A veces te dan pena, porque ves lo mal que lo pasan, a pesar de ser tan ricos y admirados, pero otras estás deseando que un terremoto de Los Angeles se los lleve a todos. Yo no conseguí empatizar con ninguno. Para mí el personaje más llamativo, y más aterrador, es el de Havana Segrand, una estrella brillante, persiguiendo la eterna juventud, belleza y talento, obsesionada y traumatizada con el recuerdo de su madre abusadora, pero queriendo parecerse a ella; superficial, perversa, y muy odiosa. La interpreta magistralmente la gran Julianne Moore, actriz camaleónica y todoterreno, que, aparte de participar en mogollón de películas el año pasado, se llevó el oscar por Siempre Alice, en el papel de una profesora universitaria enferma de alzheimer prematuro. En mi opinión, el oscar habría sido más merecido por Maps to the stars, ya que en Siempre Alice se nota que todo está hecho para lucir su atractivo físico, y hay más escenas en las que aparece guapa y estupendísima que escenas padeciendo la enfermedad (aunque algunas de estas últimas son devastadoras). El oscar estaba cantado. Además, Maps to the stars es una película que derriba violentamente el mito de Hollywood y escupe sobre él, y claro, era impensable que tuviera ni una nominación. Todo esto no quiere decir que me haya gustado el film de Cronenberg, que me ha parecido horrible. Pero de eso hablaré más tarde. Otro personaje muy perturbado es el de Benjie, el joven actor medio rehabilitado, incapaz de asumir equilibradamente el peso de la fama, el miedo a perder esa fama, y una vida de lujo, fiestas y descontrol. Todos estos elementos forman un coctel explosivo, convirtiéndole en un preadolescente muy atormentado. El actor elegido para encarnarle es un tal Evan Bird, que, la verdad, no tengo ni idea de quién es, pero me recuerda mucho físicamente al protagonista de Malcolm in the middle, una comedia familiar que todos recordaréis y que yo apenas veía. Como Malcolm (Frankie Muniz), Evan Bird tiene un aspecto de niño, entre sabihondo, precoz, inquietante y siniestro, pero que aún conserva algo de inocencia, que le va perfectamente a su personaje en la película, y realmente lo borda. El actor tiene ahora 15 años, así que cuando rodó la cinta, en 2014, tenía sólo 1 año más que el personaje que interpretaba. El tercer rol fascinante y horrible de Maps to the stars es el de Agatha, la hermana mayor de Benjie, esta sí, loca oficial, encerrada durante varios años por sus padres en un psiquiátrico (que tampoco es de extrañar, después de lo que hizo). Conserva en su rostro las huellas de las acciones pasadas, o sea, una cicatriz, producto del incendio que provocó hace años, pero que no es suficiente para que Mia Wasikowska deje de ser guapa. Sí, es Mia Wasikowska la que da vida a Agatha, otra acertada elección de casting, porque es una actriz especializada en papeles de jóvenes muy sufridoras y más o menos desequilibradas. El único film medio comercial que ha hecho es el de Alicia en el País de las Maravillas, de Tim Burton, y aún así también era una Alicia con conflictos internos.
Estos tres personajes son los que mejor definen la locura perversa de este mundo que nos muestra Cronenberg. También tienen relevancia en la película, aunque algo más secundaria, Stafford Weiss, el rico y famoso psicoterapeuta cuya vida familiar es un caos, y que guarda oscurísimos secretos, y su neurótica esposa Christina. Están interpretados por el maravilloso John Cusack, actor que me encanta, pero que no siempre puede salvar todas las pelis en las que aparece, y la guapa y siniestra (o a mí me lo parece) Olivia Williams. También hay un personaje de chico florero (bueno, de conductor de limusinas aspirante a actor), que lo hace Robert Pattinson, actor que repite con Cronenberg, tras Cosmopolis, intentando que le reconozcan como un actor serio y no como el vampiro de Crepúsculo. Ese personaje, el de Jerome Fontana, parecía el único normal de la peli, pero termina siendo tan odioso como los demás.

Maps to the stars nos traslada a la cima del mundo, al Olimpo de los dioses modernos, con millones de seguidores y una vida de riqueza, belleza, juventud, sabiduría (o la búsqueda de ella), pero también depravación, sangre y locura. Estos dioses son como las deidades griegas y romanas, y de hecho, en la película hay algunas referencias mitológicas acerca del destino fatal y otras cosillas que no puedo revelar, porque sería un spoiler como una casa. Hay simbolismos y metáforas con diálogos literarios y con el agua y el fuego. Hay secretos muy negros, muy morbosos y muy perversos, y hasta fantasmas del pasado que se aparecen en forma de alucinaciones. Una historia muy oscura y que a mí me dio muy mal rollo. A la mayoría de los críticos y los cinéfilos cultos les ha encantado, como es lógico. A mí, pues no. La verdad es que la vi atraída por el morbo, y antes de verla ya me imaginaba que no me iba a gustar, pero es lo que tiene ser cinéfaga, que te lo tragas todo (o casi todo, que hay un límite), para después poder criticar a gusto. El morbo en esta película me ha parecido demasiado gratuito, como los diálogos soeces y las escenas de mal gusto. Todo muy preparado para incomodar al espectador. Algunas sinopsis definen al film como un cuento moderno, tal vez se refieren a un cuento moral, aunque no me lo parece. Pero lo que me hace alucinar es que muchos críticos, espectadores y festivales la consideran una comedia. Yo lo de comedia no lo veo, excepto en las escenas de las sesiones entre Julianne Moore y John Cusack, que supongo que son una ridiculización de las terapias modernas. Aunque las situaciones y las reacciones de los protagonistas son tan desquiciadas y tan hiperbólicas, que sí, puede parecer una parodia, pero involuntaria. Total, que a Cronenberg esta vez le ha salido una peli estilo Michael Haneke o Lars Von Trier, y a mí tanto sufrimiento no me va. Pero a vosotros, jóvenes cinéfilos, os va a encantar, seguro.

lunes, 24 de agosto de 2015

Somos lo que somos: Por los caminos tenebrosos del Señor



En un pueblo de la América profunda, uno de esos lugares habitualmente definidos por la tradición, la religiosidad, y la pobreza, viven los Parker, una familia aparentemente estable y normal. Sólo aparentemente, claro. La familia está compuesta por los padres y sus tres hijos, Iris, Rose y Rory. La madre, Emma, muere al principio de la película (así que no es spoiler, podéis seguir leyendo), por una extraña y terrible enfermedad que llevaba padeciendo desde hacía tiempo. La familia queda destrozada, y el padre, Frank, decide encomendar a la hija mayor, Iris, la tarea que venía realizando su esposa, un trabajo fundamental para seguir manteniendo sus tradiciones, que se remontan a más de doscientos años atrás. Al fin y al cabo, Iris ya tiene 16 años, y en épocas antiguas era normal que las jóvenes a esa edad ya tuviesen que asumir responsabilidades familiares e incluso difíciles pruebas enviadas por el Señor. Su hermana, Rose, de 14 años, le ayudará. Rory sólo tiene 4 años, es demasiado pequeño para entender la importancia del legado que se ha transmitido hasta ellos durante generaciones. Frank debe explicarles a sus hijos, a los que tanto quiere, que todo lo hacen por la voluntad de Dios, que hace ya siglos salvó a sus antepasados por la fuerza de su fe, y ellos ahora tienen que demostrarle su gratitud para que Él les siga salvando. En la Semana del Cordero, los Parker preparan una comida muy especial, realizan su ritual, dan gracias al Señor por todos sus dones, y comen... sólo que la carne que comen no es precisamente de cordero. Pronto la policía empieza a descubrir indicios sobre numerosas desapariciones ocurridas en la zona en los últimos años. ¿Saldrá a la luz el terrible secreto de los Parker?

Somos lo que somos (We are what we are), es una película independiente, estrenada en 2013, pero no sé si en España salió directamente en dvd o fue al cine. Donde yo vivo difícilmente habría llegado al cine, ya que ni la zona ni el público son aptos para estas rarezas. Afortunadamente pude alquilarla en mi videoclub, uno de los pocos reductos rescatables de mi querida ciudad, donde todavía se puede acceder a algo más que blockbusters comerciales. En realidad los blockbusters comerciales me encantan, pero a veces tengo la inquietud de ver algo diferente... aunque la mayoría de las veces las películas de autor, que tanto gustan a los críticos normales, a mí me parecen aburridas o insufribles... pero esta vez no. Somos lo que somos fue una agradable sorpresa. Su director, Jim Mickle, realizó en 2010 Stake Land, otra joyita desapercibida de videoclub (al menos en España), englobada en el género fantástico y ambientada en una América post-apocalíptica llena de vampiros-zombies o zombies-vampiros; un tema muy repetido ya, pero con un tratamiento relativamente original y una atmósfera melancólica y a la vez escalofriante. Y el año pasado, ya con más presupuesto y reparto conocido, dirigió Frío en julio, otro thriller indie de la América profunda que cuenta nada menos que con Michael C. Hall (también conocido como Dexter, nuestro psicópata preferido), y las viejas glorias Sam Shepard y Don Johnson; película que tal vez suponga su salto a la fama, y que ha participado en el Festival de Sundance.

Somos lo que somos, que ha pasado también por festivales, los de Cannes y Sitges, resulta que es un remake de una película mexicana de 2010, llamada Somos lo que hay y dirigida por Jorge Michel Grau. La adaptación de Jim Mickle es bastante libre, teniendo en común con el film original su impactante argumento y el protagonismo de una familia de "peculiares" y macabras costumbres, pero el desarrollo de la acción y el tono difieren mucho en ambas películas. La cinta mexicana se decanta por el drama social, mostrando la dura realidad y la miseria de una parte de la población, y es bastante explícita en sus escenas truculentas, al parecer; digo "al parecer" porque no la he visto ni tengo intención de hacerlo, sabiendo lo impresionable que es mi estómago y mi cerebro. La película norteamericana se sustenta más en la atmósfera y la ambientación que nos van sumergiendo en la vida de ese pueblo, donde a veces parece haberse detenido el tiempo, y en las costumbres de esta familia influida por un patriarca inflexible y a la vez abnegado, para el cual lo más importante son sus hijos y la fe inquebrantable que les lleva por territorios oscuros y muy perversos. Pero ¿compartirán sus hijos su punto de vista, a pesar del cariño que les une a su padre?

El director imprime a su obra un tono sugerente y en cierto modo elegante, y aunque no hace hincapié en lo sangriento (esto no es La matanza de Texas ni Hostel, afortunadamente), tampoco elude escenas perturbadoras o espeluznantes (incluyendo una bajada al sótano de los horrores, especialmente inquietante cuando se contempla a través de la mirada del pequeño Rory, con su mezcla de inocencia, curiosidad y miedo).


El reparto no está compuesto por super estrellas comerciales, sino por actores más o menos habituales en el circuito indie, además de alguna vieja gloria como Kelly McGillis (sí, la chica de Top Gun), que fue estrella y sex symbol en la segunda mitad de los 80 con éxitos como Único testigo, La casa de Carroll Street o Acusados. También aparecía en Stake Land, en un papel breve pero muy interesante, como el que realiza en esta peli. Ah, y no hay quien la reconozca actualmente, con bastantes años y kilos de más. El patriarca de la familia, Frank Parker, está interpretado por Bill Sage, actor que no conozco de nada, y que aparecía en perturbadoras cintas indie, como American psycho, Precious y Oscura inocencia. Su actuación es sobrecogedora, al transmitirnos todos los matices de su personaje, un monstruo, en realidad, pero también un hombre desequilibrado, fanático religioso, esposo atormentado y padre preocupado. Tremendo. Otro papel breve y muy importante, como el de Kelly McGillis, es el realizado por Michael Parks, actor de muy amplia trayectoria, pero que comenzó a ser conocido por sus trabajos con Quentin Tarantino y Robert Rodríguez, como Abierto hasta el amanecer, Kill Bill Vol. 1 y 2, Planet Terror, Death proof, o Django desencadenado. En algunos de esos films interpreta el mismo personaje, el Ranger de Texas Earl McGraw. También aparece en las dos últimas locuras de Kevin Smith: Red State (impresionante en su papel de lider de una peligrosa secta y adicto a las armas), y Tusk, una ida de olla y vuelta de tuerca al estilo habitual de este director; una película que no pienso ver, porque el argumento me echa mucho para atrás, aunque seguro que Michael está fantástico haciendo de mad doctor. También hay que mencionar a las dos hijas de la familia, Iris y Rose, interpretadas por Ambyr Childers y Julia Garner. De Ambyr Childers no conozco nada, pero Julia Garner aparece en dos de las obras de cine independiente más emblemáticas de los últimos años: Las ventajas de ser un marginado y Martha Marcy May Marlene. Sus interpretaciones de las hermanas Parker son sobrecogedoras: dos adolescentes, rubias angelicales, que pierden la inocencia demasiado pronto al tener que lidiar con una realidad extraña y feroz. Iris, la mayor, asume con resignación la responsabilidad que le ha tocado, aunque deseando, y consiguiendo brevemente, asomarse a la vida y experiencias de cualquier joven de una sociedad normal. Rose, algo más rebelde, se cuestiona los motivos, el por qué hacen lo que hacen. También desearía escapar, llevar otro tipo de vida, pero los fuertes lazos que le unen a su hermana, a la que adora, la mantienen indecisa. Las dos se debaten entre el amor y la obligación familiar, las creencias en sus tradiciones, y las inquietudes de escapar de todo aquello y ser chicas normales. Unos papeles muy complicados que las jóvenes actrices resuelven a la perfección.

Antes de terminar mi larga crítica, como todas las que yo hago, tengo que mencionar al principal colaborador de Jim Mickle: Nick Damici, coguionista del director y actor en todas sus películas. En Stake Land era uno de los protagonistas, aunque como actor no me convence mucho; a mí me recordaba a Mickey Rourke en su etapa macarra actual, pero sin su carisma. Me quedo con su faceta de escritor de inquietantes y sórdidas historias.

Somos lo que somos es justo eso, una historia sórdida, inquietante, con un argumento macabro y muy perverso (aunque hoy en día ya estamos de vuelta de todo), y a pesar de eso su ritmo es pausado y la melancolía y la belleza envuelven gran parte del metraje. Sus detractores dicen que es una película lenta y aburrida, ya que no hay hachazos cada 15 minutos ni la sangre salpica al espectador. Las escenas violentas, que las hay, no son muy explícitas, excepto... Sólo diré que el final sí que es brutal y te deja descolocado, ya que rompe totalmente con el estilo del film hasta aquel momento. Te quedas con la boca abierta y con ganas de decir la frase esa que está tan de moda entre la juventud: “what the f...?” En mi opinión, eso le da aún más originalidad a la peli y le quita la etiqueta de “previsible”. Pues eso, una joyita inclasificable, original, muy indie, y muy, muy inquietante. La recomiendo totalmente, eso sí, no esperéis hachazos cada 5 ni cada 15 minutos, que de esas ya hay muchas.

martes, 27 de enero de 2015

Maléfica: Historia del Hada Oscura


Hace muchos años, en un reino medieval y de fantasía, como en todo buen cuento clásico, el rey y la reina tuvieron una preciosa hija, a la que llamaron Aurora. Todos los habitantes del país estaban muy contentos y el bautizo de la princesa fue una celebración con grandes fastos y muchos invitados. Acudieron también tres simpáticas hadas que obsequiaron a la pequeña con los dones de la belleza, bondad, felicidad… Pero el regocijo se vio interrumpido por la llegada de un personaje inesperado, alguien que no había sido invitado a la fiesta: Maléfica, el hada más poderosa de todos los reinos, de belleza deslumbrante y mirada aterradora. Llena de ira por haber sido relegada, o vete a saber por qué motivo, anunció que ella también tenía un regalito para la pequeña Aurora: crecería como una muchacha llena de virtudes y adorada por todos, pero el día que cumpliera los 16 años, se pincharía un dedo con la aguja de una rueca, es decir, una máquina de coser de la época, y eso le haría caer en un profundo sueño, del que sólo habría una forma de despertar… Y después viene la historia que todos conocéis… ¡Pues no! Ni antes ni después. Los acontecimientos que se narran en Maléfica (Maleficent), de Robert Stromberg, difieren bastante de los de La Bella Durmiente, el popular cuento de los hermanos Grimm, y de la versión de Disney de 1959, que es el modelo que todos tenemos en mente (tal era la capacidad de Tío Walt para fagocitar las historias clásicas). Para empezar, Maléfica no siempre fue el arquetipo de villana que ha llegado hasta nuestros días: un hada perversa y temible, con vestido sexy y tan negro como su corazón. Nació y creció en el Reino de las Hadas, que vivía en paz y armonía con el territorio de los humanos (todo según esta versión libre y actualizada, claro). Como ya habréis adivinado, Maléfica era un ser de luz, una criatura feliz, angelical y muy hábil con sus poderes sobrenaturales. Podía haber sido una heroína de cuento, pero el amor y la traición destruyeron su bondad y cambiaron su destino para siempre. La película constituye una vuelta de tuerca del clásico cuento de hadas y se adhiere a una de las corrientes de moda en Hollywood: la de realizar versiones de cuentos y leyendas tradicionales, introduciendo elementos modernos, transgresores y cierta oscuridad en el argumento, aunque no demasiada. De esta forma, se intenta captar al público juvenil, que, como todos sabemos, es el que tiene el poder en la actual sociedad de consumo, y además, los niños cada vez entran antes en la adolescencia y ya no se conforman con las historias ñoñas y cándidas de antes. A este subgénero pertenecen producciones recientes como Blancanieves y la leyenda del Cazador, con su ambiente gótico y tenebroso; Mirror, mirror, otra revisión de las aventuras de Blancanieves, esta vez en clave de comedia disparatada; Hansel y Gretel, cazadores de brujas, repleta de acción medio cyberpunk; y la Bella y la Bestia (esta no es de Hollywood, es francesa, y mucho, además), cuya actualización se basa en una historia de amor bastante adulta y algo brutal. Sin olvidarnos de series de tv como Érase una vez, con sus personajes ambiguos que oscilan constantemente entre el bien y el mal.

Nuestra protagonista y antiheroína, Maléfica, está encarnada, como todos sabéis, por la superestrella Angelina Jolie, que la verdad es que está guapísima, espectacular, y le sientan muy bien los cuernos y las alas; porque tiene alas, hasta que se las cortan, y cuernos, como el modelo Disney (por cierto, esta película también es de Disney, y es que la sombra de Tío Walt sigue siendo alargada). Pero aunque la peli esté hecha para el total lucimiento de Angelina, el personaje de Aurora también es importante, claro. Y en la piel de la inocente princesa tenemos a Elle Fanning, jovencísima actriz de 16 años y ex niña prodigio, como su hermana Dakota, y tan talentosa y versátil como ella. Comenzó en el cine con sólo dos años, en la versión bebé del personaje de Dakota, que hacía de pequeña adorable, en Yo soy Sam. De niña actuó en varios films premiados, nominados y oscarizados, como Una mujer difícil, Babel, El curioso caso de Benjamin Button, otros de corte indie, como Un cruce en el destino, o en otra adaptación de cuento, El Cascanueces, hasta que nos cautivó en Super 8, del maestro Spielberg, ya de guapa preadolescente. He leído críticas negativas hacia su interpretación en Maléfica. Dicen que es muy sosa, que no transmite nada, que Angelina se la come con patatas… Yo creo que está fantástica (sí, fantástica), y totalmente creíble en el rol de una joven dulce, bondadosa, y que no sabe nada del mundo porque siempre ha vivido aislada y educada por tres hadas (luego hablaré de las hadas, vaya tela…). Los personajes secundarios, pues son eso, secundarios, unos en mayor medida que otros. El verdadero villano de la función es el rey Stefan, interpretado por Sharlto Copley, actor sudafricano a quien conocemos por encarnar a todo un icono de la tv: el loco Murdock, en la adaptación al cine de El equipo A; también le hemos visto en el ámbito de la ciencia ficción y el terror, en cintas como Distrito 9, Open grave, Europa One o Elysium, haciendo de protagonista sufridor, o bien de psicópata desquiciado. Además es el villano del remake que ha hecho, nada menos que Spike Lee, de Oldboy, la mítica película de Park Chan-wook, film que no tengo ninguna intención de ver, porque tanta violencia y gore no me van. Yo creo que todos sus personajes tienen un cierto grado de locura, ya sea en vertiente cómica, depresiva, o salvaje. Un verdadero animal cinematográfico. Su interpretación de Stefan va en la misma línea, al componer un personaje complejo y atormentado, cuya inocencia inicial, pervertida por la ambición, le convierte en un soberano poderoso, paranoico y demente. Es un personaje al que se le había podido sacar más partido, lástima que sea tan secundario, cediendo así todo el protagonismo a Angelina y Aurora. Los demás personajes son más secundarios todavía. Está Sam Riley, que, por su filmografía, parece ser uno de los jóvenes representantes de la nueva tendencia indie, con historias a contracorriente, como Control u On the road, basada en una obra clave de la generación beat; o fantasías distópicas y más o menos perturbadoras, como Franklyn, Byzantium o la próxima Orgullo, prejuicio y zombies (me pregunto qué saldrá de eso). Así que sorprende verle ahora participando en un blockbuster, sobre todo con el papel que hace; no, no es el príncipe Philip, sino Diaval, un cuervo humanizado por Maléfica, para que sea su ayudante y se inflitre en las líneas enemigas. Pero es que es tan majo y tan tierno (en su vertiente humana, claro), y pone esas caritas… yo, desde luego, me hubiera quedado con él antes que con el príncipe. Qué cambio el de Sam Riley, después de verle interpretando a Ian Curtis, el atormentado líder de la banda Joy Division, en el biopic Control. Que me perdonen sus fans, pero ahí tenía todo el tiempo cara de alelado, normal, con todos los problemas que tenía, pero es así. Mención aparte para las tres hadas que se encargan de cuidar a Aurora desde su más tierna infancia, y con las que vive en una apartada cabaña del bosque, enviada allí por sus padres para intentar eludir la maldición del hada oscura, sin que la princesa tenga ni idea de todo el entramado que hay alrededor de ella, vamos, que vive feliz y en la inopia. Todos las conocemos como Flora, Fauna y Primavera, pero aquí se llaman Clavelina, Fronda y Violeta, y sí, son lo peor de la película. En la versión Disney las hadas madrinas eran tres señoras rechonchas, maternales y bonachonas, muy cursis (como no podía ser de otra manera), pero muy valientes y decididas, y yo diría que son las verdaderas heroínas de la historia, porque la princesa está casi todo el tiempo durmiendo y el príncipe aparece al final, justo para luchar con el dragón y conseguir a la chica. En la versión actual, las hadas salen perdiendo, y mucho, en la comparación. Pretendidamente son personajes cómicos, con poderes sobrenaturales y magia blanca, pero también con un humor negro y muy mala leche en ocasiones. Este contraste podría resultar adulto y divertido, pero lo que tenemos son una especie de abejas zumbonas, histéricas y muy molestas, porque, además, son unas hadas muy pequeñitas en tamaño. Menos mal que no aparecen mucho en la pantalla, pero lo poco que aparecen te hace desear que se piquen entre ellas y acabar de una vez con esa tortura. Y eso que para interpretarlas se eligió a tres prestigiosas (más o menos) actrices británicas como Lesley Manville, habitual del cine indie de Mike Leigh; Juno Temple, a la que sólo recuerdo por encarnar a la Reina Ana de Austria en la versión cyberpunk de Los tres mosqueteros de Paul W. S. Anderson; y la veterana Imelda Staunton, cuya filmografía incluye trabajos tan dispares y tan cien por cien british como la polémica El secreto de Vera Drake, la saga de Harry Potter y la peli de animación Piratas!, dando voz a la Reina Victoria. En mi opinión, las hadas madrinas son un manchurrón en las carreras de estas tres actrices. Pero no importa, seguro que en su futura filmografía tendrán que hacer más de una comedieta horrible, o seguro que ya las han hecho, al fin y al cabo eso es lo que le gusta a la gente y los actores también tienen que comer. Bueno, ya sólo me queda hablar del príncipe Phillip, el que se supone que es el verdadero amor de Aurora, y que la tiene que salvar de la maldición, interpretado por un tal Brenton Thwaites. El príncipe en esta historia es un guapo y simpático muchacho, una especie de Justin Bieber antes de que se echara a perder, y lo de la maldición le viene un poquito grande. ¿Será él el que despierte a Aurora de su prolongado sueño? ¿Vivirán felices para siempre? La respuesta ya la sabréis porque a estas alturas ya habréis visto todos la peli, y el que no la haya visto es porque no le interesa lo más mínimo y ya no la va a ver.

En fin, Maléfica es una película oscura, pero no demasiado, juvenil, pero ampliable a todo tipo de público, con una ambientación fascinante, unos personajes carismáticos (excepto las hadas) y una historia que trastoca bastante la del cuento clásico (lo cual ya ha dejado de ser original). No habrá gustado ni a los puristas enemigos de la innovación, ni a los enemigos de todo lo comercial. Porque la peli es comercial, y no pretende ser otra cosa. Pero si buscas entretenimiento, escenarios espectaculares, unos protagonistas que no den vergüenza ajena (sí, excepto por…), y algo que no sea un dramón, para variar (que sí, que los dramones están muy bien, pero yo me canso ya un poco), Maléfica merece la pena, y mucho.
 
Si alguien es capaz de leer todo esto, muchísimas gracias, que ya sé que he perdido todos los fans, y me lo merezco, por no escribir nunca. Creo que necesito reinventarme…

miércoles, 28 de mayo de 2014

La Lego película: Bienvenidos al mundo de los muñequitos

Existe un mundo cuyos habitantes son muñequitos, o figuritas, de Lego, el famoso juego de construcciones, y todos sus objetos, edificios, animales, caminos… están formados por piezas de Lego. En este mundo hay ciudades, carreteras, personas que trabajan, van en coche a sus trabajos, sufren atascos, descansan, se divierten, compran y consumen… Todo a imagen y semejanza de cualquiera de nuestras ciudades modernas. Todos son felices en este mundo perfecto y con sus reglas adecuadas. Allí vive Emmet, un ciudadano normal, corriente y afable, un obrero de la construcción que sigue las normas y se conforma con todo. Emmet es tan anodino que a veces se siente ignorado por los demás y no termina de encajar en este mundo maravilloso, aunque él cree que sí. Un día aparece una chica muy guapa y aguerrida (otra figurita, claro), que le dice que él es el Elegido en una misión importantísima para salvar el mundo. Tras el asombro inicial, Emmet se embarcará junto a Super Cool (llamada, en la versión original, Wildstyle), la guapa chica luchadora, en una trepidante aventura donde conocerá a personajes legendarios, héroes de comic, villanos megalómanos, y descubrirá que hay muchos universos más allá del que él conocía.

La Lego película (The Lego movie) es un film producido por el grupo Lego, una empresa danesa que en 1934 creó oficialmente el famosísimo juego de bloques, primero de madera, después de plástico, con el que los niños de todo el mundo hemos dado rienda suelta a nuestra imaginación fabricando edificios, vehículos, y todo lo que se nos ocurriera (bueno, a mí se me ocurría poco, nunca se me han dado muy bien las construcciones, y además siempre he sido más de los clicks). No es la primera película sobre este juego; la propia compañía ya produjo anteriormente un buen número de series de tv, películas y cortometrajes, recreando el mundo de los ninjas, héroes como Indiana Jones o Batman, la Guerra de las Galaxias o el Señor de los Anillos. Y esta es una de las bazas con las que cuenta la película: la cantidad de personajes populares que aparecen; desde protagonistas de comics y sus adaptaciones cinematográficas hasta iconos de la historia y cultura americanas, desde Abraham Lincoln hasta Superman, Wonder Woman o Gandalf (genial el diálogo en que le confunden con el profesor Dumbledore, de la saga Harry Potter), pasando por los protas de Star Wars, se pasean por los distintos universos Lego, provocando la sonrisa (o carcajada) del público adulto más friki. Los niños más pequeños  no entenderán estos guiños, pero se lo pasarán en grande con la acción desenfrenada y las aventuras de estos entrañables muñequitos. Bajo el barniz de la diversión, enseguida encontramos el mensaje de autosuperación y búsqueda de la identidad, tan frecuente en las películas americanas. Además, el argumento recuerda muchísimo al de Matrix, con su aire filosófico y metafísico, sus mundos reales y ficticios, y sus protas embarcados en la misión de descubrir la verdad oculta. A medida que avanza la acción, la historia va desvariando, con giros inesperados, de modo que llega a convertirse en una auténtica paranoia.


Como artífices del film, nos encontramos a tres directores: Philip Lord, Chris Miller y Chris McKay. Los dos primeros son responsables, además, del guión. De sus cabezas, no sé si muy pensantes en este caso, han salido productos como la primera Lluvia de albóndigas, película de animación que a mí me parece horrible, pero que tuvo bastante éxito entre el púbico infantil; Infiltrados en clase, comedia, esta vez de acción real, con Jonah Hill y Channing Tatum haciendo el tonto (supongo, porque no la he visto), como unos policías disfrazados de estudiantes, y su inevitable secuela, Infiltrados en la Universidad. Chris McKay es uno de los creadores de Robot chicken y Robot chicken: Star wars: Episode III, series de animación ya de culto. La primera tiene un humor bastante gamberro, paródico, salvaje, y no recomendable para los niños (vamos, yo no se la dejaría ver a mis hijos, si los tuviera). Te ríes bastante, eso sí. En la segunda el humor creo que es más naif, más inocente (corregidme si me equivoco, porque apenas la he visto), e igual de absurdo. Por el título, ya os podéis imaginar a qué saga parodia, ¿verdad? Chris McKay debe de ser responsable de la parte técnica de La Lego película, o tiene el mismo equipo de animadores que en Robot chicken, porque los muñequitos de Lego, sus caras y sus movimientos, me recordaron desde el principio a los personajes de dicha serie, salvando las distancias, porque Lego va dirigida a toda la familia, y Robot… pues no.
He dejado lo mejor de la peli para el final: dos canciones.  La primera, “Todo es fabuloso” en la versión española, y “Everything is awesome” en la versión original, tema interpretado por el protagonista, Emmet, y coreado por multitud de muñequitos, es algo así como el himno oficial de Legoland, todo un canto a la alegría y el optimismo, llevado a extremos cómicos y surrealistas, como el “Always look on the bright side of life” de La vida de Brian. Y, como este último tema, es muy pegadizo y te da buen rollito. La segunda canción la canta Batman, sí, Batman, que aparece en la película con un papel importante. Y la canción es tan genial como él: oscura, absurda, horrible y tronchante. Porque el Batman de Lego es una parodia de sí mismo, un verdadero anti-super-héroe. Y ya no os digo más; si queréis conocer más de este personaje y de los mundos alocados e imaginativos de Lego, ¡a ver la peli! No os arrepentiréis (o sí, nunca se sabe).

miércoles, 5 de febrero de 2014

Películas de aquel verano V


Pesadilla final, la muerte de Freddy (Freddy’s dead: the final nightmare), de Rachel Talalay. Desde que, en 1984, el maestro Wes Craven ideara y dirigiera la emblemática y ya obra de culto Pesadilla en Elm Street, cada año, o como mucho, cada dos, aparecía una nueva entrega de la saga de Freddy Krueger, el psychokiller que vive (y mata) en los sueños de los adolescentes. La fórmula del slasher, que comenzó a finales de los 80 con Viernes 13 y La noche de Halloween, parecía funcionar. A la gente le gustaba ver a jóvenes guapos y descerebrados morir violentamente en la pantalla, y el hecho de que el asesino sólo apareciese cuando las víctimas estaban dormidas, entroncaba directamente con los terrores infantiles con los que todos nos podemos identificar. Pero no se puede estirar eternamente una buena idea, y el filón empezaba a agotarse. Cada nueva secuela ganaba en humor y en surrealismo, pero perdía en calidad, como las fotocopias de las fotocopias. Había que darle un final medio digno a la saga, y Freddy tenía que morir, esta vez definitivamente, porque mira que lo mataron y derrotaron veces, pero nada, siempre resucitaba. Así que, en la VI Pesadilla en Elm Street, Freddy muere, parece que del todo. Pero… luego aparece otra vez en La nueva pesadilla de Wes Craven, en 1994, pero… no era exactamente Freddy, así que se puede considerar que sí, el personaje está muerto, remakes aparte, claro. Pesadilla final se estrenó en 1991 y la dirigió Rachel Talalay, que fue ayudante de producción en las anteriores entregas. En la historia, han pasado diez años desde los acontecimientos de la quinta parte, y esta vez no hay ninguna conexión con los personajes anteriores: todos los protagonistas aparecen por primera vez. Freddy ha vuelto, aparte de para divertirse matando gente, para buscar, nada menos que a su hija. Sí, nuestro psicópata tiene una hija, ya bastante crecidita, por cierto, e intentará localizarla a través de los sueños de un joven amnésico, único superviviente de la matanza de adolescentes de Springwood (es la primera vez que se dice el nombre del pueblo escenario de la saga, creo yo). La chica, interpretada por Lisa Zane, luchará contra su monstruoso padre, con la ayuda de varios jóvenes rebeldes y problemáticos, que, como es lógico, irán cayendo por el camino. También veremos algunas partes de la infancia de Krueger, y nos intentarán explicar por qué estaba tan desquiciado. Las muertes son bastante grotescas, imaginativas, y algo brutales, pero no tanto como en los slashers de hoy en día (todavía faltaban unos añitos para Destino final), y siempre en el entorno surrealista de las pesadillas. La película tiene escenas psicodélicas, un cameo de Johnny Depp, y en general es absurda y cutre, como un producto de serie B. Encima, en un alarde de originalidad, o de “bizarrismo”, hay incluso escenas en 3-D, y como estábamos en los 90, y esto no era Avatar, pues estaban fatal hechas. Total, que fue un fracaso. Hoy todos la siguen poniendo a parir. A mí me encanta. Volví a sumergirme y a disfrutar del universo terrorífico, fantástico y kitsch creado por el incombustible Wes Craven. Robert Englund, magnífico, como siempre, encarnando a un Freddy cada vez más autoparódico, pero, ¿qué más da? Sigue siendo un icono del terror moderno, ¿o no?

 
La vida de Brian (The life of Brian), de Terry Jones. ¿Qué se puede decir de esta película mítica, que no se haya dicho ya? Esta vez mi opinión sí es la de la mayoría. Obra maestra, redonda, genial e irrepetible de los Monthy Phyton. Como sabéis, este grupo de cómicos británicos (excepto Terry Gilliam, que es americano), comenzó su andadura a principios de los 70 con una serie en la tv inglesa, Monty Python’s Flying Circus, compuesta por sketches con un humor absurdo y surrealista y una fuerte carga de crítica social. Después, a los largo de los 70 y 80, realizaron varias películas, en la misma línea, como Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores, La vida de Brian o El sentido de la vida. Eran obras dirigidas, escritas y protagonizadas por ellos, en las que satirizaban, de forma más o menos directa, diversos aspectos de la sociedad y política británicas, siempre a través de guiones delirantes e historias disparatadas, a menudo ambientadas en otras épocas o en entornos de fantasía. La vida de Brian es la mejor (creo yo). La película, como su nombre indica, cuenta la vida de Brian, un hombre sencillo, que vive en la Galilea de la época de Jesucristo, y que casualmente, nace el mismo día que el Mesías. Ya el día de su nacimiento los Reyes Magos se equivocan y casi le entregan los regalos a él. De adulto, Brian se enamora de Judith, una activista revolucionaria que pertenece a uno de los muchos grupos que luchan por liberar a Judea del Imperio Romano. Sin comerlo ni beberlo, se une al grupo, que se llama Frente Popular de Judea, y, sin tener mucho interés en la política, se ve envuelto en las acciones rebeldes, sólo por amor. Total, que el pobre Brian pasa por un sinfín de peripecias, hasta que un buen día la multitud le confunde con un profeta, después con el Mesías, y comienza a ganar numerosos seguidores, totalmente en contra de su voluntad. Una especie de Forrest Gump pero con menos suerte. Y ya no os cuento más, tenéis que verla (una tontería por mi parte decir esto, porque seguro que todos la habéis visto, además varias veces). Como la mayoría de las películas de los Monthy Python, La vida de Brian esconde una ácida crítica social, política, y a la humanidad en general; pero no fue esto lo que la convirtió en una obra bastante polémica en su día, sino el hecho de mezclar la figura de Jesucristo en una trama tan delirante, algo que muchos consideraban irrespetuoso. De todas formas, no creo que el escándalo fuera comparable al de Jesucristo Superstar, 6 años antes, o al de La última tentación de Cristo, 9 años después; aunque en esta última, dicen que el aparente revuelo era sólo un truco publicitario, y es que cada vez estamos más de vuelta de todo (bueno, algunos). La película, como de costumbre, es recomendable verla en V.O. Yo no soy una fanática de las versiones originales, aunque las prefiero, pero en este caso hay que escuchar la descacharrante actuación de Terry Jones haciendo de la madre de Brian o a un Poncio Pilatos, interpretado por Michael Palin, con problemas de dicción. Ah, y no tengo más remedio que mencionar los surrealistas títulos de crédito, obra de Terry Gilliam, y la alegre canción final, compuesta por Eric Idle, que hace que termines de ver la peli con muy buen rollito. Pues nada, todos a verla otra vez. Y recordad: “Always look on the bright side of life… la la, la la, la la, la la…”, o algo así.
 Brian era interpretado por Graham Chapman, otro de los miembros de los Monthy Python, que, lamentablemente, falleció en 1989.
En su funeral, Eric Idle cantó un fragmento de “Always look on the bright side of life”.
Hay también otro grupo de películas, que no fueron realizadas por el grupo completo, pero en las que participan varios de sus miembros, como directores, guionistas o actores. En ellas se mantiene buena parte del estilo, humor y fantasía de sus proyectos en común, y algunas son verdaderas joyitas, como Los héroes del tiempo, Eric el vikingo, o Un pez llamado Wanda. Terry Gilliam, el único miembro americano del conjunto, guió su carrera por otros derroteros, realizando películas con un estilo muy personal, de corte fantástico, pero siempre con una vertiente oscura, y no exenta de polémica. Pero esa es otra historia.


¡Piratas! (The pirates! Band of misfits), de Peter Lord y Jeff Newitt. Otra de las simpáticas obras de Aardman Animation, productora británica fundada a mediados de los 70 por el propio Peter Lord y David Sproxton y especializada en la animación en stop-motion y claymation (es decir, con muñequitos de plastilina). Sus primeros trabajos consistieron en pequeños espacios animados para diversos programas de la BBC y en dos series de cortos, Animated conversations y Creature comforts, con peculiares personajes, tanto humanos como animales, todos hechos de plastilina. En 1985 se unió al estudio Nick Park, el creador de los emblemáticos Wallace, un inventor torpe y bonachón, y Gromit, su perro, mucho más inteligente que él. Wallace y Gromit protagonizaron varios cortos, acumuladores de buenas críticas, oscars y otros premios, antes de dar el salto al largometraje en 2005 con "Wallace & Gromit. La maldición de las verduras", una película, muy fiel al estilo de la productora, con un humor entre naif y surrealista, personajes adorables, y un conejo mutante y feroz. Su ingenio nos conquistó a todos y le hizo ganar el oscar a la mejor película de animación. Pero no fue este el primer largometraje de Aardman. En 2000 se había estrenado la fantástica Chicken run: Evasión en la granja, divertido homenaje a las películas de fugas de campos de concentración, como La gran evasión, y protagonizada por un grupo de gallinas que quieren huir de la granja donde llevan una vida alienante y de la amenaza de acabar en la mesa de los granjeros como comida de los domingos. Esta peli también consiguió diversas nominaciones y premios, pero el carisma de la voluntariosa gallina Ginger y sus amigas no fue suficiente para que entrase en la competición de los oscars, por desgracia. Tanto Evasión en la granja como La maldición de las verduras fueron producto de un acuerdo firmado entre Aardman y Dreamworks, para que Aardman realizase sus películas con la ayuda de las nuevas tecnologías. De este acuerdo nació también, en 2006, Ratónpolis, la historia de Roddy, una rata que vive a todo lujo en una casita de muñecas, creo recordar, y que termina cayendo a una alcantarilla, donde conocerá el mundo subterráneo de Ratónpolis y a sus variopintos personajes. Esta película, al parecer, no tuvo tanto éxito de crítica ni público como las dos anteriores, y esto provocó que los dos estudios dejasen de trabajar juntos, y es que, en el maravilloso mundo del cine, también “la pela es la pela”. En 2011 se estrenó Arthur Christmas: Operación regalo, esta vez en coproducción con Sony Pictures e incorporando el 3-D a su tecnología; un film muy navideño que nos cuenta los avatares, nada menos que del hijo de Santa Claus.
 Bueno, y después de enrollarme tanto con la historia de Aardman, voy a hablar de Piratas (paso de seguir escribiendo las exclamaciones que lleva el título), que ya va siendo hora. Estrenada en 2012, producida enteramente por Aardman, volviendo al stop motion y la plastilina, pero sin dejar los efectos digitales ni el 3-D (debieron pensar que, si no, no se iban a comer una rosca hoy en día). Cuenta las aventuras de una tripulación de piratas que son todo menos temibles. A ellos les gustaría que su nombre y sus hazañas fuesen conocidas del uno al otro confín del mundo, pero los pobres siempre terminan siendo el desastre de los Siete Mares. El mayor sueño de su capitán, al que todos llaman Capitán Pirata, es ganar el premio al Pirata del Año. Para eso tiene que conseguir más botines y asaltar más barcos que nadie, pero todo les sale al revés a él y su tripulación. Hasta que conocen nada menos que a Charles Darwin, y terminan yendo con él a Inglaterra, a un congreso de científicos internacionales. Pero la Inglaterra de la época es la de la reina Victoria, que resulta ser una hija de… la Gran Bretaña, y que odia a muerte a los piratas. Así que nuestros amigos correrán muchos peligros y aventuras. La película mantiene la impronta característica de Aardman, y que tan buenos resultados suele darle: personajes entrañables, aventuras alocadas, humor asequible a todas las edades, perfeccionismo y cuidado en los detalles (gran recreación de la Inglaterra victoriana), y un estilo muy british. En la versión original, el doblaje cuenta con voces de lujo, como Hugh Grant, Imelda Staunton (Queen Victoria, cómo no), el maravilloso Brendan Gleeson, o Salma Hayek, haciendo de pirata sexy. Aunque a mí no me gusta nada esa moda de poner actores o famosos doblando en películas de animación. Me da muchísima rabia, porque suelen sonar muy forzados, y encima le quitan trabajo a los verdaderos actores de doblaje de animación, que sí que lo hacían bien, y eso será en todos los países, supongo. En fin, en nuestra versión patria, tenemos a José Coronado poniendo la voz del Capitán Pirata, y, mira, no lo hacía mal, y también estaba por allí Iniesta (sí, el futbolista, que no chirriaba mucho, creo recordar, ¿o sí?). Bueno, película muy divertida y recomendable, para los niños y sus sufridos padres, con la que Aardman vuelve a demostrar que puede abrirse camino entre los monstruos de la animación (Pixar, Disney, Ghibli, Dreamworks…). Ah, atención a un pirata que no es exactamente lo que parece (aunque te das cuenta en seguida, que al fin y al cabo es una peli infantil).



Los mercenarios 2 (The expendables 2), de Simon West. Y por fin llegamos a la última película, el colofón de mi serie de posts sobre las pelis que vi en agosto de 2012 (ya era hora, que llevo más de un año para escribir todas estas críticas). Bueno, pues esta la vi en septiembre, pero me lo pasé tan bien, que tenía que incluirla. Además, esta saga, convertida en obra de culto antes de haber concluido (el año que viene tendremos la 3ª entrega), es cine palomitero a más no poder, muy adecuado para el verano, que no es época de recogimiento y mucho menos de pensar. En 2010 se estrenó Los mercenarios, dirigida por el ya-talludito-pero-todavía-cachas-y-seguro-que-muy-operado Sylvester Stallone, y con guión del propio Stallone y un tal Dave Callaham. La cinta reunía a algunas de las mayores estrellas del cine de acción del presente, o presente-pasado, como Jason Statham, Jet Li o, por supuesto, Stallone, con veteranos todavía dispuestos a repartir tortas, como Dolph Lundgren (ay, Dolph, quién le ha visto y quién le ve, con lo guapo que era cuando hacía He-Man y los Masters del Universo), y Eric Roberts (ese siempre ha sido feo, lo siento). Pero es que, además, aparecían nada menos que Bruce Willis, en un breve papel, y nuestro gobernador de California preferido, Arnold Schwarzenegger, en poco más que un cameo. También estaban por ahí el inigualable Mickey Rourke, en un personaje filosófico (y paradójicamente, sin escenas de acción), y Terry Crews y Randy Couture, que no sé muy bien quiénes son. Como era de esperar, la película fue un éxito entre los amantes del cine de acción ochentero. Tenía todos los ingredientes: héroes de antaño, convenientemente operados y/o anabolizados, luchando junto a action men del cine actual, musculosos y con cara de mala ostia, pero con buen corazón. Todos dispuestos para la batalla y con buen rollo y camaradería entre ellos. Tiros, explosiones (muchas), golpetazos, patadones, guión infantiloide, como era de esperar, diálogos que no son ingeniosos ni lo pretenden (genial el “porque yo lo valgo” de Jason Statham), y, como no podía ser menos, una guapa chica que mantiene un pseudo-rollo romántico con Barney Ross, el personaje de Sylvester Stallone. También hay una escena entre Sylvester y Arnold que, aunque es muy tonta, nos hizo reír a todos por los guiños que contiene. Total, que la peli se convirtió rápidamente en un blockbuster nostálgico del cine de machotes. Había que seguir explotando el filón, y dos años después llegó la secuela, dirigida por Simon West, cuya filmografía no engaña a nadie, ya que se compone de éxitos de acción y entretenimiento como Con Air, Lara Croft: Tomb raider, la penosa Cuando llama un extraño, o The mechanic, ésta última para mayor gloria de Jason Statham. Los mercenarios 2, en mi opinión, no cumple el dicho de "segundas partes nunca fueron buenas", ya que es mejor, más divertida y un poco más elaborada (aunque sigue siendo disparatada, claro), que su antecesora, y cuenta con ilustres incorporaciones, como ya sabéis. Para bajar un poco la media de edad de los protagonistas, aparece (aunque no durante mucho tiempo) Liam Hemsworth (sí, el hermano de Chris “Thor” Hemsworth y el muchachote moreno de Los juegos del hambre). El malo malísimo es nada menos que Jean-Claude Van Damme. En esta entrega, lamentablemente, no tenemos a Mickey Rourke y sus reflexiones espirituales, pero el papel de Bruce Willis es más relevante y la intervención de Arnold Schwarzenegger también es un poco más larga, lo cual se agradece. Ambos participan junto a los protas en la lucha final, el clímax de la película, donde también se luce… sí, el que todos estáis esperando: el incombustible Chuck Norris, que actualmente triunfa tanto en internet con los chistes que se cuentan sobre él, como con la serie Walker Texas Ranger. No me acuerdo si en la peli lanza una de sus patadas giratorias, pero sí aparece en otra escena delirante y autoparódica. En Los mercenarios 2 (se agradece que no hayan puesto ningún subtítulo tipo “El regreso”, “Misión mortal” o “Más peligrosos que nunca”, sobre todo con las traducciones tan patéticas que se hacen en español), las aventuras son a mayor escala, ya que tienen que salvar al mundo de los terroristas y sus cargamentos de plutonio. Los personajes son más “entrañables” y se toman un poco más en serio a sí mismos, aunque siguen siendo sacos de músculos con conversaciones tontas y siempre dispuestos a pegar tiros y dar tortas con tal de defender a los inocentes, que es lo que se pretende al fin y al cabo. Ah, y Dolph Lundgren ya no parece sólo un bulldog; ahora parece un bulldog que habla y a veces hasta dice algo gracioso (ay, Dolph, que eras uno de mis ídolos de mis carpetas de estudiante, por Dios). Lo que te puede llegar a cambiar el exceso de bótox y de tomar el sol. En fin, que Los mercenarios 2 me gustó más que la 1ª y os la recomiendo si sois amantes de la acción y de la nostalgia ochentera, y no la habéis visto todavía, lo cual es imposible. Al parecer, en la 3ª no estará Chuck Norris, qué decepción para sus fans, bueno, siempre nos quedará Walker.


Bueno, chicos, esta ha sido mi quinta y última entrada de las películas que vi en agosto de 2012. Ya ni siquiera es el verano pasado, así que he vuelto a cambiar el título por otro más poético, que lo será más conforme vaya pasando el tiempo, y algún día vuelva a releer mis "escritos" (porque no creo que nadie más lo haga, de hecho, creo que yo tampoco lo haré). De todas formas, cuando desaparezca internet y los soportes digitales actuales, y haya otros medios de información super virtuales e interactivos, ¿qué pasará con todas estas palabras que escribimos? ¿Se podrán recuperar? ¿Quedarán perdidas en el espacio y el tiempo, por muchas copias de seguridad que tengamos? No me hagáis caso, son reflexiones pesimistas y delirantes. En fin, que aunque he tardado tanto, no os quejéis, que son cuatro pelis en un post, ¿eh?

¡Volveré!

lunes, 29 de julio de 2013

Películas del verano pasado IV

Pesadilla en Elm Street 5, el niño de los sueños (A nightmare on Elm Street V: the dream child), de Stephen Hopkins. La carrera de este director se compone de films más o menos mediocres y entretenidos, como Depredador 2, Los demonios de la noche, Perdidos en el espacio o La cosecha, trabajando, eso sí, con grandes actores o incluso estrellas del momento, como Jeff Bridges, Tommy Lee Jones, Michael Douglas o Hillary Swank. Tal vez su trabajo más destacado en el cine sea Llámame Peter, biopic del controvertido Peter Sellers, encarnado por el genial Geoffrey Rush. Después se ha dedicado a la tv, participando en la dirección de exitosas series como 24 o Californication. Pero, antes de todo eso, fue el responsable del quinto film de la saga del psicópata de las cuchillas. Esta vez la prota es Alice, heroína desde la mitad de la anterior entrega (tomando el relevo de Kristen), y la única superviviente, junto con su novio, Dan, que en esta quinta parte la palma pronto, la verdad. En una especie de giro del guión (aunque tampoco es que se hayan comido mucho el coco), Freddy actúa ahora a través de los sueños del niño aún no nacido de Alice, esperando apoderarse de su alma y convertirle en cómplice de sus asesinatos. La pobre chica tendrá que luchar una vez más para salvar a su hijo, a sus amigos y a sí misma. Los amigos sufrirán distintas muertes, a cuál más sanguinolenta e imaginativa, como ocurre en todo slasher que se precie. Algunas escenas son francamente desagradables, en mi opinión, pero siempre sin perder los toques de fantasía, que para eso estamos en un slasher onírico. Se siguen manteniendo las señas de identidad propias de la saga: escenarios surrealistas, humor retorcido, y conoceremos algo más del pasado de Freddy, a través del espíritu de su madre, la atormentada Amanda Krueger. A estas alturas, la fórmula parecía ya algo agotada, pero a mí me da igual, yo disfruté con esta entrega casi tanto como con las anteriores.


Mi semana con Marilyn (My week with Marilyn), de Simon Curtis. Michelle Williams se mete en la piel de uno de los iconos inmortales de la pantalla, la divina y atormentada Marilyn Monroe. Y, en mi opinión, lo hace muy bien. Michelle no es una actriz que me entusiasme mucho, y pienso que, en belleza y glamour, no se puede comparar con Marilyn, la verdad. Pero ha conseguido captar sus gestos, sus poses, y yo diría que hasta su alma. La película está basada en la novela de un tal Colin Clark y en el romance que, según él, mantuvo con la rubia estrella, mientras trabajaba como ayudante de producción en el rodaje de El príncipe y la corista, en Inglaterra. Dicho rodaje, bastante tormentoso, transcurrió entre las habituales crisis nerviosas de Marilyn, su choque de egos con Laurence Olivier, y los altibajos y abandonos de su tercer marido, Arthur Miller. El film está hecho para el lucimiento de su actriz protagonista, y también de Kenneth Branagh, que interpreta al gran Sir Laurence (no podía haber un actor más acertado para este papel). Tanto Michelle Williams como él fueron nominados al oscar, en las categorías de actriz principal y actor secundario. También aparecen por ahí, en papeles secundarios, Emma Watson, Judi Dench y Julia Ormond, que encarna a Vivien Leigh, a la que tampoco se parece en nada. El auténtico protagonista y narrador de esta historia, Colin, está interpretado por Eddie Redmayne, actor  al que hemos visto mucho últimamente, en films y telefilms de época, como Las hermanas Bolena, Los pilares de la Tierra o la superproducción Los miserables;  y es que se le da muy bien hacer de joven sufridor enamorado, a pesar de que físicamente es bastante feíllo (sí, es un comentario horrible y frívolo, pero, a ver quién tiene el valor de decirme que es guapo). La película, que parece una tv movie (sin que eso tenga que ser negativo), nos permite asomarnos, a través de la excelente interpretación de la actriz protagonista, al interior del mito de Marilyn, una estrella tan deslumbrante como desdichada.


Ciegas de amor (Histerical blindness), de Mira Nair. La filmografía de esta directora hindú se divide entre las historias que reflejan aspectos de la cultura de su país (Salaam Bombay!, Kama Sutra, La boda del Monzón), las películas de argumentos y personajes típicamente americanos o británicos (La feria de las vanidades, Cuando salí de Cuba, el biopic Amelia), o las obras en las se mezclan ambas sociedades (Mississippi Massala, El buen nombre, El fundamentalista reticente). Ciegas de amor, que pertenece al grupo de películas americanas, es un telefilm poco conocido (yo por lo menos no la conocía de nada, y eso que fue nominada a diversos premios), de 2002, y protagonizado por tres maravillosas actrices: nada menos que Uma Thurman, mi actriz preferida de todos los tiempos, Juliette Lewis, que también me encanta, y la fantástica Gena Rowlands. Uma y Juliette son Debby y Beth, dos amigas solteras, en los años 80, que salen de marcha por las noches intentando encontrar a su príncipe azul. La búsqueda es más difícil de lo que pensaban. Con este argumento pensaréis que la peli es una comedia romántica, pero no. Más bien es un dramón romántico y psicológico, porque ¡anda que no sufren todas! Gena Rowlands interpreta a la madre de Debby, la sensata Virginia. Bueno, pues la película está en la línea típica de telefilm-dramático-de mujeres, creo yo, por mucho que haya sido nominada a Emmys, Globos de Oro e Independent Spirit Awards; pero, eso sí, cuenta con la baza de sus tres grandes actrices, que bordan sus papeles, sobre todo mi querida Uma Thurman, que emociona y enerva con su personaje de Debby, una chica frustrada, obsesionada y caprichosa, que se niega a ver la realidad. Un personaje complejo y antiheroína total. También me conmovió Juliette Lewis interpretando a Beth, compañera de juergas y de penas, madre soltera, con tanto protagonismo en la película como Debby, y más equilibrada emocionalmente que ella, vamos, que es un personaje más “blanco”, y también está fantástica y muy guapa. Gena Rowlands, estupenda, como no podía ser menos (también sufre de lo lindo), y también aparecen por ahí, el prestigioso Ben Gazzara, y Justin Chambers, que la verdad es que no sé quién es. Jolie Peters es la pequeña Amber Autumn, la hija de Debby, una niña inteligente y más madura que su madre. En definitiva, una película para deleitarse con las actuaciones, dramas y amores de sus protagonistas.


John Carter, de Andrew Stanton. Esta es la primera (y última, por ahora, creo yo) película de su director que no es de animación; sus anteriores films fueron tres exitazos de Pixar: Bichos, la maravillosa Buscando a Nemo (codirigidas con John Lasseter y Lee Unkrich, respectivamente), y la muy original y de culto Wall-E. John Carter, producida por Disney, está basada en las novelas de la Serie Marciana, sobre todo en “Una princesa de Marte”, publicada en 1917 y escrita, igual que toda la saga, nada menos que por Edgar Rice Burroughs, el creador del mítico Tarzán. Total, que entre lo alto que tenía el listón el director por la gran calidad de su anterior filmografía, la dificultad de contentar a los lectores de las novelas, que por lo visto son obras de culto y precursoras de la ciencia ficción, y la fama de blanditas y anodinas que tienen las películas de Disney, era de esperar que a la gente no le iba a gustar mucho, y así ha sido. Que si es plana, sosa, aburrida, con un guión absurdo, que han mancillado el original… suele pasar con las adaptaciones. El argumento es un poco surrealista y naif, al fin y al cabo se trata de aventuras espaciales de principios del siglo XX. John Carter es un veterano de la Guerra de Secesión americana que un día, huyendo de los apaches, entra en una cueva y se encuentra un misterioso medallón. Al tocarlo, se ve teletransportado al planeta Marte, llamado Barsoom en el idioma de sus habitantes. El planeta es un extraño mundo en el que viven seres, también muy extraños, claro, y de distintas razas. Están los tharks, que parecen un cruce entre el saltamontes Flip, de la abeja Maya, y Jar Jar Binks, el repelente bicho de La amenaza fantasma (y secuelas), pero con cara de mala ostia (aunque al final son muy majos), cuatro brazos, y tamaño humano, o más altos, no me acuerdo. Hay unos animales monstruosos, enormes, y feos de c…, que no tengo palabras para describir. Pero también hay seres con aspecto humano, como los Therns, una especie de videntes tenebrosos de oscuras intenciones, valga la redundancia; los habitantes de Zodanga, y los de Helium. Precisamente estos dos últimos pueblos están envueltos en una guerra, y John tendrá que ayudar a los de Helium, que son los buenos. Además, la princesa de Helium, Dejah Thoris, es muy bella, luchadora, científica, y gran líder de su pueblo, así que, claro, los dos protas se tienen que enamorar. Nuestro héroe, entre otros poderes que ha desarrollado en este nuevo entorno, puede desplazarse con enormes saltos, debido a una menor gravedad, y el problema del idioma lo soluciona bebiendo un extraño mejunje. Todo resulta muy bizarro y absurdo, y eso es lo que argumentan los  muchos detractores de la película. Pero, no sé, los que quieran rigor científico, que lean una novela de Isaac Asimov, digo yo. Después están los puristas, que como suele ocurrir en estos casos, dicen que el film no adapta fielmente y traiciona el espíritu de las novelas, pero yo ni las he leído ni las voy a leer, así que me da igual. Total, que sí, que la peli es blandita, infantil, y absurda, pero a mí me ha entretenido mucho. Hay bonitos paisajes desérticos, aventuras simplonas, filosofía naif, guapos protagonistas (Lynn Collins es la bella princesa y Taylor Kitsch es el musculoso John Carter), y también están por ahí Willem Dafoe y Samantha Morton poniendo voces de bichos (de tharks), así que… ¿qué más queréis? ¡A desconectar!

Bueno, amigos, esta ha sido mi cuarta entrada de las películas que vi el verano pasado. Empecé hace diez meses, así que he cambiado ligeramente el título para adaptarlo a los nuevos tiempos. Pido perdón a mis fans, si me queda alguno, por tardar tanto. La verdad es que no tengo excusa, chicos. Todavía me queda otro post, espero volver más pronto que tarde, pero... no sé. ¡Saludos y feliz verano a todos!