martes, 5 de abril de 2011

Valor de ley(1969) / Valor de ley (2010): Western de aventuras / Western crepuscular

Estamos en la época del Lejano Oeste. Frank Ross, un comerciante de algodón, ha sido asesinado por Tom Chaney, un empleado suyo, que ha huido tras dispararle. Su hija, Mattie, contrata a Rooster Cogburn, un sheriff viejo, tuerto y alcohólico, una joyita, vamos, pero con mucho valor y mejor puntería, para que capture a Chaney y lo lleve ante la justicia. Mattie Ross sólo tiene 16 años (versión antigua) / 14 años (versión moderna), pero está decidida a llegar hasta el final. Se ha empeñado en acompañar a Cogburn en la búsqueda del criminal y no hay Dios capaz de impedírselo. También les acompaña LaBoeuf, un ranger de Texas que persigue al fugitivo por el asesinato de un senador. Los tres se adentrarán en territorio salvaje (indio) y se encontrarán con todo tipo de peligros y bandoleros.

Esta historia se cuenta en las dos versiones de Valor de ley (True grit), basadas en una novela de Charles Portis, publicada en 1968. La versión de 1969, dirigida por Henry Hathaway, tiene nada menos que a John Wayne como Rooster Cogburn, papel que repetiría 6 años después, en una especie de secuela, El rifle y la Biblia, acompañado de Katharine Hepburn. Mattie Ross es Kim Darby, y LaBoeuf es Glen Campbell, actores que no conozco de nada, la verdad (Glen Campbell por lo visto fue un famoso cantante country en los 60 y 70). Tom Chaney es Jeff Corey, que tampoco sé quién es, pero en la peli también salen los emblemáticos Robert Duvall y Dennis Hopper, que en esa época no eran muy conocidos. En la versión de 2010, dirigida por los hermanos Coen, tenemos a otro monstruo de la actuación, Jeff Bridges, en el papel del viejo sheriff tuerto. Mattie Ross es la jovencita Hailee Steinfeld, recién llegada de los cortometrajes y la tv, LaBoeuf es el ya polifacético Matt Damon, y Tom Chaney es Josh Brolin, fogueado en papeles de oscuro villano. Las dos películas, en su forma, son muy parecidas, con diálogos y situaciones idénticos, supongo que será porque las dos versiones adaptan fielmente la novela. En su espíritu son algo distintas. La antigua tiene la esencia del cine de aventuras, de las películas del oeste que veíamos en la tv de pequeños, con aires de comedia en la relación entre los tres protagonistas. Rooster Cogburn es el arquetipo de antihéroe con pasado erróneo y no precisamente un modelo de virtudes, pero destinado a resolverlo todo. Mattie Ross, heroína adolescente, cabezota e ingobernable, me recuerda, por el look, a la Jo March de Mujercitas después de cortarse el pelo. LaBoeuf, encarnado por un Glen Campbell que se parece a John Voight en Cowboy de medianoche, también es un personaje peculiar: tejano, que creo que en las películas americanas equivale a “paleto”, charlatán y recto agente de la ley. Henry Hathaway realizó más de 60 películas entre los años 30 y los 60, muchas de ellas en el género del western, pero también en el bélico, de aventuras, cine negro y melodramas. Su True grit es puro cine épico.


La versión moderna, dirigida por los hermanos Joel y Ethan Coen, es un típico western crepuscular. Las praderas luminosas de la peli antigua se sustituyen aquí por bosques tenebrosos y parajes oscuros. El humor, como es habitual en las películas de los Coen, es bastante cínico y negro, y la violencia es algo cruda y explícita. También hay un trasfondo amargo y no te deja tan buen rollito como la versión antigua. El cine de los dos hermanos tiene unas características muy definidas e inconfundibles: además de la violencia y el humor retorcido, los personajes suelen ser perdedores, antihéroes y muy excéntricos, vamos, que a veces parece que están en el límite de la cordura. A menudo hay homenajes al cine negro y ambientaciones en lugares de la América profunda y en caminos desolados. Todos estos elementos están en esta moderna Valor de ley. Jeff Bridges, siempre genial, vuelve a encarnar una de las múltiples variantes de su personaje en El gran Lebowski (casualmente, también de los Coen). Matt Damon hace tiempo que dejó de ser el chico bueno de Hollywood, menos mal. La jovencita Hailee Steinfeld está fantástica en el rol de una Mattie un poco más joven que la Mattie Ross clásica, con sus trenzas en plan Laura Ingalls, una especie de Dorothy en el País de Oz del Salvaje Oeste. Los hermanos Coen son ya un referente en el cine independiente americano, cosechando tanto éxito con la crítica como con el público. A mí no todos sus films me gustan, pero True grit me ha hecho reconciliarme con su obra. Puro homenaje al género del western, pero con el sello propio de estos realizadores, con su verborrea típica, sus guiños a la comedia negra y sus personajes inclasificables.

Me han gustado mucho las dos cintas (y eso que no soy nada fan del western), pero creo que me inclino algo más por la versión moderna, tal vez por estas características que he nombrado, que la hacen reconocible y a la vez diferente. ¿Y a vosotros qué versión os gusta más?

domingo, 6 de marzo de 2011

Las seis esposas de Enrique VIII: Amor, poder, y terror en la corte

Inglaterra, 1509. Enrique VIII es coronado tras la muerte de su padre, el rey Enrique VII. Antes se había casado con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos de España y cuñada de él, porque era la esposa de su hermano mayor, Arturo, heredero al trono y fallecido 8 años antes a consecuencia de unas fiebres. En el momento de la boda, Enrique tenía 18 años y Catalina 24. Catalina fue la primera de las esposas de Enrique VIII, quien a lo largo de su reinado de 38 años se casó 6 veces, cambió a todo el país de religión, mandó ejecutar a media corte (es un decir, pero sí se llevó por delante a muchos de sus allegados, entre ellos a dos de sus esposas), y en definitiva, provocó importantes cambios a nivel político y religioso, marcando uno de los periodos más convulsos y fascinantes en la historia de Inglaterra y de Europa. Enrique anhelaba tener un heredero varón, pero todos los niños que daba a luz Catalina nacían muertos, morían al poco de nacer, o ni siquiera nacían. La única hija que sobrevivió fue María, la futura María Tudor. Enrique VIII, después de tener varias amantes, se encaprichó de una de las jóvenes de la corte, Ana Bolena, y como el Papa Clemente VII no quería anular su matrimonio con Catalina, decidió anularlo por su cuenta. Fue entonces cuando creó la Iglesia Anglicana, separando a su nación de la religión católica y del poder de Roma. En 1533 se divorció de Catalina, la mandó a un castillo lejos de allí y se casó con Ana Bolena. Ese mismo año nació su hija Isabel (la futura Elizabeth I que fue la que finalmente reinó durante 44 años), pero después Ana no tenía más que abortos y bebés muertos. Así que Enrique, que seguía obsesionado con lo del heredero varón, y ayudado por los intrigantes de su corte, terminó acusándola de adulterio múltiple, traición, brujería, y hasta incesto con su hermano Jorge Bolena, vamos, todo lo que se le ocurrió para quitarla de en medio. Se ha demostrado que todos los cargos eran falsos, pero de poco le sirvió a la pobre Ana, que fue condenada y decapitada en 1536. Enrique, que no paraba, ya se había fijado en otra dama de la corte, Jane Seymour, con la que se casó pocos días después de haber ejecutado a su segunda cónyuge. La tercera mujer de Enrique VIII fue la que le dio por fin un heredero varón, el príncipe Eduardo, que nació en 1537. Fue siempre un niño de frágil salud y murió con sólo 16 años, pero por lo menos le dio tiempo a reinar durante 6 años, tras la muerte de su padre, siendo sucedido por su hermanastra María Tudor. Jane murió dos semanas después de nacer su hijo; fue la esposa a la que más quiso Enrique VIII, ya que le dio su ansiado heredero (además, como murió pronto, tampoco le dio tiempo a cansarse de ella). En 1540, Enrique volvió a casarse, esta vez con Ana de Cleves, una noble alemana. Fue un matrimonio de conveniencia para intentar aliar a Inglaterra con los protestantes alemanes. A Enrique su esposa no le parecía nada atractiva físicamente, y este motivo, unido a la nueva alianza del rey con el emperador Carlos V, hizo que esta unión durara sólo 7 meses. Enrique anuló el matrimonio, Ana, que tenía mucho sentido común, no puso inconveniente, le dieron un montón de títulos nobiliarios y posesiones, y quedaron tan amigos. Vamos, que se libró de una buena, porque a Thomas Cromwell, que había impulsado este matrimonio, sí que lo condenaron a muerte. En 1540, el mismo día de la ejecución de Cromwell (el bueno de Enrique no tenía muchos escrúpulos para estas cosas), el monarca se casó con su quinta esposa, Catalina Howard, que era mucho más joven que él. Enrique ya era viejo, gordo, con gota y úlcera, así que la pobre Catalina se tuvo que buscar otros entretenimientos fuera del matrimonio y se echó un amante, el cortesano Thomas Culpeper. Cuando se descubrió esto y que Catalina había tenido otro amante antes de casarse, Francis Derham, los tres fueron ejecutados. En 1543, Enrique ya estaba fatal de salud, pero de todas formas se casó con su última esposa, Catalina Parr, una viuda rica. A ésta le fue bastante bien, porque el rey murió antes que ella. Aún así, estuvo a punto de llevarla también a la Torre de Londres por atreverse a discutir de religión con su esposo (Catalina era calvinista). Sin embargo, la perdonó y fueron razonablemente felices hasta la muerte del rey; ella incluso logró reconciliarle con sus hijas María e Isabel, a las que había mandado lejos, a otros palacios, y declarado ilegítimas, renegado de ellas, y yo que sé cuántas cosas más.


Todo este culebrón se cuenta, y muy bien contado, en Las seis esposas de Enrique VIII (The six wives of Henry VIII), miniserie producida por la BBC en 1970. La serie tiene 6 episodios, correspondientes a cada uno de los matrimonios. En la producción se nota la calidad y el rigor histórico con que se narran los acontecimientos: se nota que se han documentado bien. La recreación de la época, los escenarios, la caracterización de los personajes, son muy acertados. Algunos personajes, como Jane Seymour, Cromwell, y sobre todo el arzobispo Thomas Cranmer, son clavados a los que aparecen en los cuadros de la época. Vamos, que viéndola te transportas al siglo XVI, excepto quizás por la forma de decir los diálogos, que me parece demasiado solemne, muy de teatro clásico. Especialmente emocionantes y dramáticos son los capítulos de Jane Seymour, Catalina Howard y Ana Bolena; estos dos últimos tienen, además, unas escenas de torturas a prisioneros bastante espeluznantes. Los actores no son conocidos, yo por lo menos no los conozco de nada, pero desde luego están todos fantásticos; destaco a Keith Mitchell como el omnipresente Enrique VIII, impresionante sobre todo en los últimos capítulos, con ese maquillaje de rey viejo y enfermo, y ese aire entre amenazador y grotesco. No voy a comparar esta serie con otras adaptaciones que se han hecho sobre el tema porque todas las que he visto me han gustado (sí, también me gusta Los Tudor, aunque hayan puesto al modelo de pasarela de Jonathan Rhys Meyers para hacer de Enrique VIII). Total, que merece la pena rescatar esta serie, todo un clásico, para contemplar una historia real llena de intrigas palaciegas y de alcoba, chanchullos políticos y persecuciones religiosas, donde había que moverse con inteligencia para no acabar en la hoguera, en el potro o sin cabeza, y donde los destinos de los personajes estaban gobernados por un rey caprichoso, una especie de Barba Azul al que sus súbditos y sus mujeres, sin embargo, mostraban gran devoción, incluso cuando estaba a punto de matarlos, y es que en aquella época, el Rey estaba justo por debajo de Dios, y la religión se usaba para dominar a la gente. Tremendo.

lunes, 14 de febrero de 2011

The walking dead: Reflexionando entre zombies


Hacía mucho que no hacía ninguna crítica de una serie de tv, así que ya iba siendo hora, que la tele también me encanta. Me he decidido por The walking dead, una serie de la cual hemos visto recientemente su primera temporada, compuesta por 6 episodios, y pronto veremos la segunda (espero), compuesta por 13. El argumento nos muestra a la humanidad devastada por un apocalipsis zombie, un tema que está muy de moda y que en los últimos años hemos visto en múltiples variantes. Gran parte de la humanidad se ha visto afectada por una extraña y peligrosísima enfermedad que convierte a las personas en seres feroces e incontrolables deseando comerse a los humanos que todavía están sanos. No se sabe de dónde proviene el virus, pero es terriblemente contagioso. Si un infectado muerde a una persona, y no logra comérselo, le transmite una fiebre que le mata, pero poco después resucita convertido en otro infectado/zombie. Y entonces lo único que se puede hacer es acabar con los zombies disparándoles o golpeándoles en la cabeza. Lo de siempre, vamos. La premisa argumental no es nada nuevo. Tampoco lo es la presentación del personaje principal, Rick Grimes, un ayudante del sheriff de un pueblo de Georgia que ha estado en el hospital, en coma, debido a un tiroteo, desde antes de empezar la plaga, y cuando se despierta, se encuentra con todo este caos sin saber lo que ocurre. Este comienzo está directamente inspirado en 28 días después, obra maestra, en mi opinión, de Danny Boyle, que inauguró, en 2002, la nueva era del cine de muertos vivientes (aunque en esa peli creo recordar que no estaban muertos, sino infectados por una terrible enfermedad). Bueno, eso son detallitos sin importancia. El caso es que la originalidad, dentro de lo que cabe, de esta serie, se encuentra en el tratamiento y psicología de los personajes. En los distintos episodios vemos cómo los protagonistas intentan organizarse para sobrevivir en este mundo devastado y apocalíptico. La evolución y relaciones entre los personajes tienen tanta importancia como las escenas de acción y gore, que también las hay.


Cuando Rick despierta del coma y se entera por fin de lo que ha pasado, decide ir a buscar a su mujer y su hijo, que han huído hacia otro lugar. A través de mensajes de radio, contacta con otros grupos de supervivientes y encuentra por fin a su familia. Y aquí nos encontramos con un triángulo amoroso, porque su mujer, Lori, mientras él estaba en coma, y creyendo que había muerto, se había liado con Shane Walsh, otro policía amigo suyo (de Rick), aunque Rick, habiendo terminado la primera temporada de la serie, todavía no se ha enterado. Este elemento de culebrón contribuye a reforzar la trama psicológica de los personajes y es un alivio entre las escenas de lucha y casquería (un alivio, o una molestia, para muchos espectadores; a mí personalmente me parece muy bien). Cada capítulo de la serie tiene un director distinto; el episodio piloto, considerado por muchos el mejor, aunque a mí me parecen todos igual de buenos, lo dirige Frank Darabont, realizador conocido por todos, sobre todo por adaptar, con gran maestría, novelas y relatos de Stephen King (Cadena perpetua, La milla verde, La niebla...). Los actores son medio populares. Yo al que más conozco es a Andrew Lincoln, que interpreta a Rick, porque era también protagonista de Las voces de los muertos, fantástica serie británica sobre una médium atormentada, y que en España pasó un poco desapercibida, por desgracia. Los otros dos vértices del triángulo amoroso, Lori y Shane, son Sarah Wayne Callies y Jon Bernthal, actores que no conozco de nada. También tenemos a varios intérpretes que aparecían en La niebla, peliculón de Frank Darabont: Laurie Holden, Jeffrey DeMunn y Melissa Suzanne McBride. Esta serie ha tenido bastante éxito en USA y aquí en España, aunque siempre hay voces discordantes; por una vez, yo no formo parte de ellas y estoy con la mayoría (con la mayoría del público que le gustan estas cosas de zombies, claro). Me ha encantado The walking dead, creo que tiene un guión emocionante e inteligente y una trama que combina acción, terror apocalíptico y drama psicológico, y estoy deseando ver la segunda temporada.

martes, 1 de febrero de 2011

Revolutionary Road: Que levante la mano quien sea feliz

Frank y April Wheeler son un joven matrimonio de clase media que viven en una bonita casa en los suburbios de Connecticut. Su vida es estable y aparentemente feliz; guapos, inteligentes y maravillosos, tienen dos niños, Jennifer y Michael, Frank trabaja en una empresa como vendedor, y de vez en cuando quedan con sus amigos, Shep y Milly Campbell. Cuando se conocieron, hace 7 años, se enamoraron y se casaron enseguida. Tenían muchos sueños y muchas cosas en común; April estaba estudiando para ser actriz y Frank quería viajar y ver mundo. Los dos sabían que no querían vivir en la rutina ni ser como la mayoría de la gente: necesitaban hacer algo especial. Ahora su vida se ha convertido justo en lo contrario de lo que deseaban. A April le ahoga su monótona existencia de ama de casa (es que estamos en los años 50, cuando una mujer sólo podía trabajar de secretaria, enfermera, maestra y poco más, y sólo si estaba soltera, porque en cuanto se casaba y empezaba a tener hijos, olvídate, y eso era así incluso en los progresistas y adelantados USA). Frank, por su parte, se aburre con su gris y anodino empleo, aunque su jefe le ha propuesto un ascenso y un gran aumento de sueldo, y eso empieza a tentarle. Un día, April sugiere a Frank un cambio radical en sus vidas: dejarlo todo e irse con sus niños a París, ciudad donde siempre han querido vivir, y donde ella puede trabajar de secretaria en la Embajada.



Revolutionary Road es una película de 2008 dirigida por Sam Mendes, director británico, tanto de cine como de teatro, y que en su ópera prima para la gran pantalla, la aclamada American Beauty, estrenada en 1999, ya proponía un golpe al sueño americano a través de las desventuras de una familia de clase media, en especial del incomprendido padre y marido, interpretado por el maravilloso Kevin Spacey. Basada en una novela de Richard Yates, Revolutionary Road es el reverso oscuro de Mi desconfiada esposa, la anterior película que comenté en este blog. Ambas representan la cara y la cruz de los problemas de pareja en el cine: una es una comedia amable, donde triunfa el amor, y la otra es un tremendo drama psicológico sin concesiones, donde hay amor, pero también grandes diferencias insalvables entre los dos miembros del matrimonio. Los protagonistas son Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, que están los dos absolutamente fantásticos, 11 años después de interpretar el super-romance de Titanic. Leo DiCaprio está impresionante en el papel de Frank, marido enamorado, pero también ambicioso, insatisfecho e incapaz de entender a su mujer. Kate Winslet (por cierto, mujer, o ex-mujer, del director de la peli), está, como siempre, magnífica, en la piel de April, esposa, madre, con inquietudes, frustrada, depresiva y profundamente infeliz. Ganó un globo de oro por este papel. También sale Kathy Bates (que también aparecía en Titanic), en el papel de Helen Givings, agente inmobiliaria, una mujer aparentemente independiente y que lleva las riendas de su vida y de su matrimonio, pero con sus propias desdichas y limitaciones. Uno de los papeles más impactantes es el de John Givings, el hijo de Helen, interpretado magistralmente por Michael Shannon; personaje mentalmente inestable, recién salido del psiquiátrico, pero con la lucidez y la sinceridad que sólo los locos tienen a veces. Revolutionary Road es una película dura, desencantada y tremendamente sincera, que te hace reflexionar (y deprimirte bastante), que te pone delante la realidad sin tapujos y que te puede dejar muy mal rollito y un amargo sabor, pero también es una cinta de gran calidad, muy recomendable de ver, y con un par de escenas que te ponen los pelos de punta. ¿Qué habría pasado si el Jack de Titanic hubiese sobrevivido y se hubiera casado con su amada Rose y hubiesen pasado años juntos? La respuesta, salvando las distancias de las distintas épocas, claro, tal vez sea Revolutionary Road.

sábado, 22 de enero de 2011

Mi desconfiada esposa: Elegante comedia romántica

En un viaje a California, se conocen Mike Hagen, un audaz y algo golfo periodista deportivo, y Marilla Brown, una elegante y exitosa diseñadora de moda. Tras un romance relámpago de varios días, deciden casarse antes de volver a Nueva York, donde ambos residen y trabajan. Pronto empiezan a surgir las diferencias entre ellos, debido a que pertenecen a dos mundos muy distintos. A Mike le cuesta aceptar que su mujer tenga tanto dinero y viva en un lujoso apartamento que es una especie de mansión. Tampoco entiende por qué se tiene que cambiar de vestido 9 veces al día. A Marilla le horrorizó el cuchitril desordenado en el que vivía Mike, y casi se desmaya cuando acude con su marido a un combate de boxeo y éste le explica por qué los espectadores de las primeras filas se ponen los periódicos delante de la cara. Tampoco congenia mucho cada uno con los amigos del otro. A Mike le pone de los nervios Randy Owens, ese bailarín excéntrico y algo afeminado, y odia a Zachary Wilde, editor y antiguo pretendiente de Marilla (aunque le cayó muy bien hasta que se enteró de que era el antiguo pretendiente de su esposa). A Marilla le repele un poco Maxie Stultz, un boxeador en decadencia, bastante “sonado”, al que ella llama “el hombre sin nariz”. Encima, sospecha que su marido tuvo un romance, antes de conocerla a ella, con Lori Shannon, una bailarina y modelo de alta costura, aunque ambos afirman no haberse visto nunca. Marilla ahora tiene que trabajar con ella y teme que pueda volver a tener contacto con su esposo.


Todo esto suena un poco ingenuo y naif, pero es que estamos en una comedia romántica de 1957, Mi desconfiada esposa (Designing woman), de Vincente Minnelli, director que estuvo en activo desde los años 40 hasta los 70, marido de Judy Garland y padre de Liza Minnelli, conocido sobre todo por sus musicales (Cita en St. Louis, Un americano en París, Brigadoon,...), pero también por sus excelentes dramas (Cautivos del mal, El loco del pelo rojo, Té y simpatía,...), y que también dirigió la multioscarizada Gigi. Los protagonistas de Mi desconfiada esposa son una pareja de auténtico lujo: Gregory Peck y Lauren Bacall. Gregory Peck, fantástico, guapo y carismático, como siempre, borda su rol de galán desastroso acostumbrado a los trapicheos. Tal vez es un actor demasiado elegante para ese papel (me imagino a Walter Matthau, estaría genial, aunque no da el tipo de galán precisamente). Pero, al ser tan versátil para la comedia como para el drama, está francamente divertido en varias escenas. Lauren Bacall, guapa, sofisticada y glamourosa, resulta perfecta en un personaje a su medida. Los actores secundarios también son excelentes. He leído muchos comentarios elogiando a Mickey Shaugnessy, que interpreta a Maxie, el boxeador zumbado, un personaje genial, primitivo, con pocas neuronas, entrañable y muy cómico. Yo también destacaría a Jack Cole, en el papel de Randy, el bailarín excéntrico, amigo de Marilla. Suyas son algunas de las escenas más hilarantes de la película. Me llamó la atención sobre todo la secuencia en la que le enseña a Mike las fotos de su mujer y sus hijos para demostrarle que no es gay; una prueba del humor tan ingenuo y censurado de la época. Y es muy divertida la parte en la que se reúnen cada uno de los cónyuges con sus amigos en la casa, dos mundos opuestos que chocan dentro del mismo espacio. También hay que mencionar a Lori Shannon, la tercera en discordia, antiguo ligue de Mike, top model de la época, dama elegante y madurita, interpretada por Dolores Gray. Aquí todos los actores son más bien maduritos, pero da igual. Mi desconfiada esposa es una cinta de humor clásico y blanco, con glamour, diálogos chispeantes, peleas coreografiadas con gangsters de medio pelo, romanticismo y discusiones de pareja en plan screwball comedy. Una joyita para los amantes de las comedias de antes.

martes, 11 de enero de 2011

Tron Legacy: Atrapados en la red

Sam Flynn es un joven rebelde, solitario y experto programador informático de 27 años. Su padre, Kevin Flynn, fundador de la empresa Encom, un imperio informático, era un genio y visionario en el campo de los ordenadores y afirmaba haber descubierto un sistema que podría revolucionar toda la sociedad a través de la tecnología, pero desapareció hace 20 años sin dejar rastro. Sam recibe la visita de Alan Bradley, el antiguo socio de su padre, que le cuenta que Kevin dejó un mensaje para su hijo en el despacho donde solía trabajar, en una antigua sala de juegos recreativos. Una vez allí, Sam, de una forma misteriosa, es absorbido por el sistema y queda atrapado en la red, en un extraño mundo digital, de arquitectura futurista, cuyos habitantes son programas informáticos y se entretienen haciendo prisioneros, que no me enteré muy bien de dónde los sacaban, y realizando con ellos carreras con motos y vehículos espaciales y combates a vida o muerte. En este peligroso universo cibernético, donde Sam parece ser el único humano (un “usuario”, como le llaman), nuestro protagonista tendrá que encontrar el modo de volver al mundo real, al otro lado del ordenador. Tron Legacy es la secuela de Tron, film de 1982, producido por la Disney, que, aunque en su época fue un fracaso financiero, con el tiempo se ha convertido en película de culto. En ella, Kevin, un joven hacker, era absorbido por un ordenador de los de aquella época y transportado dentro de un mundo dominado por un maléfico programa. La película mostraba ya un mundo virtual con avatares informáticos, luchas de gladiadores y carreras de motos en el ciberespacio, y los efectos especiales, muy avanzados en aquellos tiempos, hoy en día resultan primitivos y entrañables (es que era la época del spectrum, los juegos de marcianitos y los ordenadores aquellos que eran unos tochos de pantalla verde: la prehistoria, vamos). Todos estos elementos son también recreados en Tron Legacy y desarrollados con los avances de la tecnología actual, creando un complejo universo fascinante estéticamente, una ciudad futurista dentro del ordenador, con sus edificios, sus habitantes con forma humana, y su voz hablando por los altavoces. Me recordaba al mundo de La fuga de Logan (la voz omnipresente parecía que iba a anunciar el Carrusel de un momento a otro). Todo este mundo había sido diseñado por Kevin antes de quedar atrapado dentro de su propia creación. Tron Legacy, producida también por la Disney, es la primera cinta dirigida por Joseph Kosinski, que para 2012 prepara el film de ciencia ficción Oblivion. En su reparto brilla con luz propia el gran Jeff Bridges, que era Kevin en Tron, y en Tron Legacy tiene un doble papel: Kevin con unos cuantos añitos más, y, en una versión digitalmente rejuvenecida, Clu, el malo malísimo de la peli. Como Kevin está fantástico y autoparódico, en un rol mezcla de su personaje en Los hombres que miraban fijamente a las cabras y de Obi Wan Kenobi. Su hijo Sam, el héroe de la peli, es Garret Hedlund, actor que no conozco de nada, y que me resulta un poco insípido, aunque está bastante acertado con su expresión de protagonista anonadado que no entiende nada de lo que le está pasando. La heroína, Quorra, es la guapa Olivia Wilde, a quien podemos ver en House interpretando a Trece. También sale Bruce Boxleitner, que ya aparecía en Tron (bueno, es que era Tron), y al que conozco sobre todo por su papel de Luke Macahan en La conquista del Oeste, serie que animaba nuestras tardes de verano allá por 1984. Y mención especial para el maravilloso Michael Sheen, actor camaleónico y carismático como pocos, da igual que haga de Tony Blair, de líder de clan vampiríco o de licántropo, porque todo lo que hace lo borda. Aquí tiene un papel breve, pero en una de las mejores escenas y la más surrealista y delirante de la película. Yo creo que Tron Legacy es una buena secuela de Tron, con ambientación digital impresionante, y con un mensaje filosófico y místico, que supongo que no convencerá a nadie, pero que está muy acorde con estos tiempos de crisis existenciales.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Novio a la vista: Verano del 14

A principios del siglo XX, en España, las familias adineradas se iban de veraneo a la playa con la intención de disfrutar de las vacaciones, alternar con otras familias de su misma condición social, cotillear y criticar, e intentar buscar buenos partidos para sus hijas casaderas. En 1914, en la playa de San Sebastián, la madre de Loli, una joven de 15 años, le pone un bonito vestido de “persona mayor” y la lleva a las fiestas de sociedad para intentar emparejarla con Fernando, un prometedor ingeniero. Pero Loli prefiere seguir jugando a los espías con su pandilla de todos los años, en especial con su amigo Enrique, un chico de su edad, también de buena familia, que tiene que estudiar para los exámenes de septiembre. Novio a la vista es una de las primeras y menos conocidas películas del gran Luis García Berlanga, uno de los realizadores más importantes e influyentes en la historia de nuestro cine, recientemente fallecido, como todos sabéis. Se estrenó en 1954, dos años después de la emblemática ¡Bienvenido, Míster Marshall!. El cine de Berlanga siempre ha retratado con gran ironía la sociedad española a lo largo de todo el siglo XX, con guiones llenos de ingenio (tuvo que sortear la censura franquista en muchas ocasiones) y humor negro, contando frecuentemente con la colaboración del hiperrealista Rafael Azcona, fallecido hace dos años. Sus películas suelen ser comedias corales y enloquecidas o tragicomedias costumbristas. A pesar de reconocer su gran calidad y su maestría en el manejo de la cámara y los diálogos, he de confesar que su estilo me agobia. Me marean sus escenas características con tanta gente hablando al mismo tiempo y saliendo y entrando de habitaciones, sin que aparentemente ocurra nada relevante. En realidad, por debajo de todo esto hay una sutil e inteligente crítica social, así que mi opinión es totalmente subjetiva y no hay que tenerla en cuenta para nada. Las únicas pelis de Berlanga que me gustan son ¡Bienvenido, Míster Marshall! (geniales José Isbert y Manolo Morán), y Novio a la vista (no, no me gusta El verdugo, y no he visto Plácido ni Calabuch), cintas en las que se aprecian todas las características de este director, pero no de una forma exagerada, y su humor en apariencia es bastante blanco e ingenuo, tal vez por eso me gustan, porque no me va mucho el humor negro. Novio a la vista presenta también una crítica a la sociedad española de principios del siglo pasado, a su puritanismo e hipocresía, en plan de comedia ingenua y en mi opinión bastante divertida. La fotografía, la ambientación y el carácter en cierto modo infantil e incluso ñoño del guión nos trasladan con gran acierto a la época que retrata. A mí me parecía estar viendo un film de los años 30, y no de 1954. Es como un viaje en el túnel del tiempo en clave cómica y burlesca. También hay escenas muy corales, con interpretaciones de grandes actores como Julia e Irene Caba Alba o José Luis López Vázquez. Son geniales los diálogos cómicos de los personajes adultos, como la crítica de las señoras a una bañista a la cual se le ven las rodillas o a un veraneante que se ha metido en el agua ¡antes de cumplir las 6 horas de digestión! (en mi época mis padres nos hacían guardar 2 horas de digestión y ya me parecía mucho, jajaja). Atención a la familia Peláez, genial también. La pareja de jóvenes protagonistas, Loli y Enrique, está interpretada por Josette Arno y Jorge Vico, que también están muy acertados, aunque se nota que su edad es mayor que la de sus personajes. Creo que Novio a la vista es una película a reivindicar, poco conocida dentro de la filmografía de un maestro, un viaje a otra época y un retrato nostálgico y melancólico de lo que constituye el paso de la infancia a la adolescencia, a una edad ambigua, los 15 años, aunque hoy en día esa transición en nuestros niños-jóvenes se produce mucho antes, creo yo. Pues eso, ved esta película si podéis, perdonadme por criticar a Berlanga, y no hagáis caso de mis opiniones, que ya sabéis que son muy raras.